lunes, 7 de enero de 2008


Este nuevo año me hice un propósito: que escribiría una especie de diario para recordar cada uno de los detalles que marcaron mis días. Después de escribir esos detalles y recuerdos especiales, evaluaría mis subidas y bajadas de ánimo en los fines de semana.

Este sábado evalué las dos semanas que han pasado. Encontré un día cotidiano y especial en mi pequeño diario que dice así:

Anoche me dormí deslizando mis sueños por retos, derrumbes, dudas y una fuerza que me impulsaba a continuar. Desperté más temprano de lo usual. Pude ver el amanecer quebrando los hilos de la cortina que viste mi ventana. El silencio me permitió escuchar el ritmo de este nuevo día que tenía frente a mis ojos llenos de sueño por la hora. Me dispuse a escuchar música. Esa que de sólo mencionar su nombre es capaz de despertar de un golpe a cualquiera. Preparé el desayuno para tres: jugo de naranja, tostadas, panquecas y café. Antes de probar la comida di de comer a mi perro, ya que del estrés por el hambre hubiese sido capaz de comernos. Entre mi hermano y yo recogimos la mesa para ir corriendo a arreglarnos. Como de costumbre se hacía tarde para ir a clases. En el carro sólo se escuchaba el sonido de los autobuses discutiendo con taxistas, cornetas parpadeantes de motos llenas de miedo al pasar, gritos de niños que saliendo de clase esperan ser rescatados lo más pronto posible, la radio con canciones viejas que se repiten una y otra vez y, finalmente, una pareja discutiendo por celular frente a frente distanciados por una vía que sube y baja llena de carros. Me quedé pensando en lo tontos que solemos ser muchas veces. En cómo estando tan cerca no alcanzamos a escuchar al otro que se encuentra a milímetros de distancia. Mandé unos cuantos mensajes para saludar a mis amigos, puesto que se encontraban en la gran sabana y no sabía de ellos. En la universidad el día pasó volando. De hecho en un abrir y cerrar de ojos me encontraba en mi casa hablando por teléfono con mi mamá. Preparé un té de durazno para el frío y una galleta que lo acompañara. Terminé los ejercicios para francés, mi protocolo de seminario, un cuestionario de repaso para lingüística y una obra para teatro. Me quedé viendo la luna. Me perdí en todo lo que ella me traía y decía de sólo mirarla. Al cabo de un rato debí quedarme dormida hasta el día siguiente, ya que desperté en mi puff frente a la ventana con una música que venía de mi ipod para recordarme que era el comienzo de un nuevo día.

Este pequeño escrito encontrado en mi diario fue escrito el miércoles 9 de enero de 2008.