lunes, 17 de diciembre de 2007


En ocasiones, al leer un cuento o un texto narrativo, nos encontramos ante la sensación del llamado “extrañamiento poético”. Esta sensación se logra por medio de diversas técnicas que van desde un “no pasa absolutamente nada” hasta situaciones que le son conocidas al lector, en las cuales se conoce lo que está por suceder.


Como ejemplo de esta técnica nos encontramos al escritor uruguayo Felisberto Hernández y su cuento Nadie encendía las lámparas, donde se nos describen detalles cotidianos que nos resultan un tanto excesivos. En este cuento nada pasa. Sólo se nos relata un hecho habitual a manera de recuerdo sin importancia, pero contado con detenimiento en una serie de detalles que son insignificantes y simples.


El extrañamiento es visto como una lucha por presentar una situación que no se queda en ese “nada pasa” sino que va más allá, que requiere una mirada más interior que no se queda sólo en lo que aparenta o busca aparentar. Es por esto que para Viktor Šklovskij, quien introdujo el término extrañamiento, “los objetos percibidos muchas veces comienzan a serlo por un reconocimiento: el objeto se encuentra delante nuestro, nosotros lo sabemos, pero ya no lo vemos. Por este motivo no podemos decir nada de él”. Esto ocurre en Felisberto porque adopta ese carácter extraño que nos sorprende aunque sepamos que al final nada pasará.


Nadie encendía las lámparas busca convertir en algo asombroso y nunca visto aquello que nos es cotidiano, y en ocasiones un tanto repetitivo. Vemos reflejada en dos realidades, una es vista a través de un ser que intentaba leer un cuento en una sala, y la otra es la realidad misma del cuento que es contado. Cuando se pasa a contar la historia del cuento se congela la realidad del tiempo presente, en donde pareciera cobrar vida el papel. Al ocurrir esto, nos llenamos de visiones y expectativas acerca de lo que está por ocurrir.


Lo que verdaderamente ocurre es la presentación, por parte de Felisberto, de una serie de detalles a los que estamos acostumbrados. Detalles que ya no vemos por parecernos habituales y repetidos, por lo que Victor Erlich recomienda que: “arrancando al objeto de su contexto habitual, aunando nociones dispares, el poeta da un golpe de gracia al clisé verbal, así como a las reacciones en serie concomitantes, y nos obliga a una percepción más elevada de las cosas y de su trama sensorial”.


De esta manera podremos percibir ese mundo que nos rodea nuevamente con detalles y asuntos que han estado con nosotros desde comienzos del texto, de esa cotidianidad que no hemos visto por creer que en este cuento (y muchas veces en nuestra propia vida) nada pasa.

lunes, 10 de diciembre de 2007


Un gran hurón de los pantanos se encontraba deambulando por los pasillos de un gran bosque. Era un animal flexibe, de afilados colmillos y de color pardo. Corriendo por los arbusto del gran bosque se perdió. Fue a parar a los pies de una carnicería donde un dependiente de la misma lo atrapó. Lo encerró en una jaula. Lo escondió en un rincón penumbroso de la casa de la señora De Ropp a cambio de unas cuantas moneditas de plata.


En la casa vivía Conradín (primo de la señora De Ropp), quien consideraba al animalito su tesoro más preciado. Para él era su Dios y religión. Lo llamaba Sredni Vashtar. El gran hurón nunca fue sacado de su jaula. Era visitado a manera de rito por el niño, quien oficiaba un místico y elaborado ritual ante el "santuario de Sredni Vahtar" el gran hurón. Este pequeño animal salvaje no tenía interés alguno de hacer amigos. De hecho cerca de él se encontraba encerrada la gallina del Houdán que le tenía miedo a sus gruñidos cotidianos.


Conradín era un niño enfermo. Según opiniones médicas no viviría por mucho más. Estaba al cuidado de su prima, de sus excesivos tratos y un interminable aburrimiento del cual escapaba por medio de su imaginación, su dios y ese otro mundo que se inventaba. Se sentía infeliz, preso y sin ganas de hacer más nada. Su único amigo (aunque le temía) era su gran dios hurón, con el que conversaba y al que le rendía un especial culto. El hurón se detenía a escucharlo, a entenderlo de una manera inexplicable porque sentía, de alguna manera, lo mismo que el chico.


Un día, Conradín visitó a su dios en medio de sollozos y lágrimas. Sólo decía que le tenía un pedido sin pronunciar mayor palabra. El hurón estaba desesperado, llevaba 5 años encerrado y deseaba más que nada encontrar una salida. Ese día la prima de Conradín se encontraba molesta por las rebeldes visitas del niño al cajón. Por lo que se dispuso a averiguar lo que ocurría. Encontró escondida la llave que encerraba el tesoro del chico. Estuvo horas investigando qué contenía la jaula escondida.


En ese momento se abrió la jaula del hurón. El gran dios asustado y lleno de rabia brincó sobre la prima. Esta se asustó al punto de caer al piso del dolor que sintió. Entraron las criadas y al examinarla el médico le diagnosticaron muerte por ataque al corazón. El hurón salió huyendo asustado hacia su bosque anhelado. El niño escuchó lo sucedido sin alterarse. Se preparó unas ricas tostadas y se sintió, al igual que el hurón, libre y feliz aunque lleno de tristeza porque su único amigo lo había abandonado. Lo abandonó para seguir con su vida pero lo liberó para siempre de cualquier atadura infeliz.

lunes, 26 de noviembre de 2007



Un juego de luces que dibujan su cuerpo al pasar
El paso de una imagen que juega con su interior
Su interior transformado en signo, en símbolo, en esencia de su espíritu, su alma

Su alma en meditación trasciende todo cuerpo
Su cuerpo pasa a ser fragmento de un algo de difícil definición
Definición erosionada de toda certeza dada ((de todo elemento conocido))

Conocida esta imagen, esta esencia, este cuerpo, este fragmento, esta idea, este discurso
decide no ser para convertirse en un simulacro de su propio ser
Ser que busca una meditación donde lo interior y lo exterior se unan



donde la luz y la oscuridad generen sombras
donde esté presente esa parte de ti que alguna vez fue una parte de mi.


((Luces, cuerpo, imagen, discurso, sueño, esencia, roce,
silencio, meditación, alma, fragmento, ser, interior, exterior,
certeza, conocimiento, elementos, juegos, dibujos, signos,
símbolos, transformación, definiciones, simulacros,
unión, sombras))

lunes, 19 de noviembre de 2007


Era uno de esos días en los que te invade una sensación inexplicable, incomprensible, irremplazable. Esa que te llena de dudas, de intrigas y de una constante curiosidad hacia un no sé qué irremediable. Me moría por encontrar algo que llamara mi atención y me hiciera olvidar lo que realmente estaba sintiendo. De pronto encontré en internet un test de esos que suelo responder cuando no tengo qué hacer o por simple diversión. Se trataba de números y colores asociados a la buena o mala suerte de las personas.

Siempre me ha gustado el número ocho y por azar o por destino ese fue el resultado de mi quiz. El día estuvo lleno de niños de ocho años correteando por el parque, por amigos que pasaban a octavo semestre de comunicación, por minutos que a mi ver pasaban de ocho en ocho. El día pasó entre risas congeladas, abrazos de consolación y afecto, noticias de cosas sorprendentes, comidas de buen sabor. Por último ocurrió algo tan sorprendente que estoy segura de no olvidarlo al menos por un tiempo. Haciendo el quiz me encontré con la noticia de una "matrícula amuleto". Matrícula con el número 888 que en China da buena suerte. Frente a mí antes de cruzar la calle hacia mi edificio me encontré un carro de esa matrícula. Me desperté de un largo sueño a las 8am. Me arreglé, salí y tuve un maravilloso día de noviembre junto a mis familiares y amigos.