
En ocasiones, al leer un cuento o un texto narrativo, nos encontramos ante la sensación del llamado “extrañamiento poético”. Esta sensación se logra por medio de diversas técnicas que van desde un “no pasa absolutamente nada” hasta situaciones que le son conocidas al lector, en las cuales se conoce lo que está por suceder.
Como ejemplo de esta técnica nos encontramos al escritor uruguayo Felisberto Hernández y su cuento Nadie encendía las lámparas, donde se nos describen detalles cotidianos que nos resultan un tanto excesivos. En este cuento nada pasa. Sólo se nos relata un hecho habitual a manera de recuerdo sin importancia, pero contado con detenimiento en una serie de detalles que son insignificantes y simples.
El extrañamiento es visto como una lucha por presentar una situación que no se queda en ese “nada pasa” sino que va más allá, que requiere una mirada más interior que no se queda sólo en lo que aparenta o busca aparentar. Es por esto que para Viktor Šklovskij, quien introdujo el término extrañamiento, “los objetos percibidos muchas veces comienzan a serlo por un reconocimiento: el objeto se encuentra delante nuestro, nosotros lo sabemos, pero ya no lo vemos. Por este motivo no podemos decir nada de él”. Esto ocurre en Felisberto porque adopta ese carácter extraño que nos sorprende aunque sepamos que al final nada pasará.
Nadie encendía las lámparas busca convertir en algo asombroso y nunca visto aquello que nos es cotidiano, y en ocasiones un tanto repetitivo. Vemos reflejada en dos realidades, una es vista a través de un ser que intentaba leer un cuento en una sala, y la otra es la realidad misma del cuento que es contado. Cuando se pasa a contar la historia del cuento se congela la realidad del tiempo presente, en donde pareciera cobrar vida el papel. Al ocurrir esto, nos llenamos de visiones y expectativas acerca de lo que está por ocurrir.
Lo que verdaderamente ocurre es la presentación, por parte de Felisberto, de una serie de detalles a los que estamos acostumbrados. Detalles que ya no vemos por parecernos habituales y repetidos, por lo que Victor Erlich recomienda que: “arrancando al objeto de su contexto habitual, aunando nociones dispares, el poeta da un golpe de gracia al clisé verbal, así como a las reacciones en serie concomitantes, y nos obliga a una percepción más elevada de las cosas y de su trama sensorial”.
De esta manera podremos percibir ese mundo que nos rodea nuevamente con detalles y asuntos que han estado con nosotros desde comienzos del texto, de esa cotidianidad que no hemos visto por creer que en este cuento (y muchas veces en nuestra propia vida) nada pasa.


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