lunes, 10 de diciembre de 2007


Un gran hurón de los pantanos se encontraba deambulando por los pasillos de un gran bosque. Era un animal flexibe, de afilados colmillos y de color pardo. Corriendo por los arbusto del gran bosque se perdió. Fue a parar a los pies de una carnicería donde un dependiente de la misma lo atrapó. Lo encerró en una jaula. Lo escondió en un rincón penumbroso de la casa de la señora De Ropp a cambio de unas cuantas moneditas de plata.


En la casa vivía Conradín (primo de la señora De Ropp), quien consideraba al animalito su tesoro más preciado. Para él era su Dios y religión. Lo llamaba Sredni Vashtar. El gran hurón nunca fue sacado de su jaula. Era visitado a manera de rito por el niño, quien oficiaba un místico y elaborado ritual ante el "santuario de Sredni Vahtar" el gran hurón. Este pequeño animal salvaje no tenía interés alguno de hacer amigos. De hecho cerca de él se encontraba encerrada la gallina del Houdán que le tenía miedo a sus gruñidos cotidianos.


Conradín era un niño enfermo. Según opiniones médicas no viviría por mucho más. Estaba al cuidado de su prima, de sus excesivos tratos y un interminable aburrimiento del cual escapaba por medio de su imaginación, su dios y ese otro mundo que se inventaba. Se sentía infeliz, preso y sin ganas de hacer más nada. Su único amigo (aunque le temía) era su gran dios hurón, con el que conversaba y al que le rendía un especial culto. El hurón se detenía a escucharlo, a entenderlo de una manera inexplicable porque sentía, de alguna manera, lo mismo que el chico.


Un día, Conradín visitó a su dios en medio de sollozos y lágrimas. Sólo decía que le tenía un pedido sin pronunciar mayor palabra. El hurón estaba desesperado, llevaba 5 años encerrado y deseaba más que nada encontrar una salida. Ese día la prima de Conradín se encontraba molesta por las rebeldes visitas del niño al cajón. Por lo que se dispuso a averiguar lo que ocurría. Encontró escondida la llave que encerraba el tesoro del chico. Estuvo horas investigando qué contenía la jaula escondida.


En ese momento se abrió la jaula del hurón. El gran dios asustado y lleno de rabia brincó sobre la prima. Esta se asustó al punto de caer al piso del dolor que sintió. Entraron las criadas y al examinarla el médico le diagnosticaron muerte por ataque al corazón. El hurón salió huyendo asustado hacia su bosque anhelado. El niño escuchó lo sucedido sin alterarse. Se preparó unas ricas tostadas y se sintió, al igual que el hurón, libre y feliz aunque lleno de tristeza porque su único amigo lo había abandonado. Lo abandonó para seguir con su vida pero lo liberó para siempre de cualquier atadura infeliz.

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