Era un domingo cualquiera. Las calles de Caracas se encontraban vacías por ser carnavales. Las tiendas de los centros comerciales estaban aún cerradas. Los kioskos trabajarían hasta las 2pm. Sólo abriría el Cine con funciones hasta las 4pm y el automercado hasta un poco menos de las 3.Ignacio solía salir de la rutina cotidiana todos los domingos. Se despertaba temprano, desayunaba en sitios extraños y se disponía a visitar los espacios de su zona residencial en bicicleta. Era un día lluvioso y frío. Se arregló más rápido que de costumbre y llegó hasta un centro comercial ubicado a 10 minutos de su casa. Entró en el automercado para dejar todos sus problemas, dudas, molestias y tristezas. Era un chico callado, en ocasiones tímido y sin buena suerte para tratar a las chicas que le interesaban.
Dentro del automercado realizaba un "ritual de compra" que terminaba con 256 pasos. Ni más ni menos. Su primer dilema se presentó en el pasillo de los cereales. No sabía qué producto llevaría, cuál era el motivo de su visita ni qué haría después para evitar volver a su hogar.
A unos 25 cms. de distancia se encontraba Karina. Una chica a la que le gustaba realizar compras compulsivas. Compras con las que se sentía viva. Le gustaba compartir y ser parte de un todo que hacía lo mismo que ella. Tenía tiempo viendo fijamente al muchacho. Después de caminar varios pasillos detrás de él, decidió acercarse y ayudarle en su indecisión.
- Karina ha sido una fría mañana. ¿No te parece?
- Ignacio la verdad lo ha sido toda la semana. Y hoy no iba a ser la excepción.
- Ciertamente Ignacio. He observado tus pasos desde la entrada.
Los dos iban caminando juntos compartiendo sus molestias, sus compras, su tiempo, su espacio, sus ganas de escapar de la vida que les pertenecía fuera de ese lugar. Se trataron como si se hubiesen conocido de siempre, de toda la vida. Caminaban por todos los pasillos, discutían lo que comprarían y lo que no. Se imaginaron una vida juntos llena de compras los domingos, de trabajo en las semanas y de sueños por realizar.
- Podríamos dejar nuestros carritos en este instante y así volver a entrar juntos para vivir lo que seremos.
- O simplemente podríamos quedarnos en este automercado viviendo momentos especiales.
Ella hablaba con una gran emoción mientras caminaba con las manos entrelazadas en los brazos de Ignacio. Él, alzando la mirada, le sonreía con un gesto de afirmación. Entraron de nuevo tomados de la mano y enredados en la mirada del otro. Iban y venían risas, abrazos, sonrisas y un vacío que los separó cuando unas cornetas se encendieron para decir: "nuestras puertas se cerrarán en 5 minutos".
Ignacio estiró los dedos y los enredó bajo su sábana. Se despertó algo sobresaltado y lleno de ganas de ir al automercado para comprobar si su sueño se haría realidad esta vez. Sueño que se venía repitiendo con diversos finales hace tres meses en ese lugar, con esa misma chica.


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